Aprender a decir que no

A todos nos ha pasado alguna vez, a unos más que a otros, pero todos hemos caído en alguna ocasión en la fragilidad de doblegarnos en cierto modo a la voluntad de otra persona: un compañero que nunca va a clase y viene días antes del examen a pedirte los apuntes explicando sus infortunios y agradeciéndote tu generosidad como si le fuera la vida en ello de la forma más antinatural posible; la dichosa vecina del quinto que desesperada te pide una barra de pan como si fueras la panadería porque tiene invitados importantes y te deja casi sin existencias; o tu jefe que a última hora te pide unos minutillos extra de tu tiempo que se transforman en horas para terminar un proyecto. Situaciones las hay a cientos, de mayor o menor importancia, y siempre que aceptamos encontramos alguna justificación válida.

¿Por qué nos resulta tan difícil decir que no? Debería ser algo sencillo. Si lo que nos piden nos pone en dificultad o en una situación poco favorable, simplemente tendríamos que decir que no. Y sin embargo nos cuesta. En realidad, es humano porque quizás nos pongamos en la situación del otro y nos dé pena. También puede que algunos no se atrevan por el miedo al qué dirán, por compromiso  o  por aliviar la conciencia. Pero en cualquier caso esto trae sus consecuencias, algunas que todos conocemos como el abuso repetido de servicios, y otras de las que quizás somos menos conscientes como la repercusión más o menos importante que puede acabar teniendo en nuestra salud si el abuso se convierte en crónico. Y es que aceptando favores que no nos hacen bien a nosotros, en realidad, estamos actuando contra nuestra voluntad, nos perjudica mentalmente y no es sano. El cúmulo de este tipo de acciones acaba jugando en contra nuestra, manifestándose a veces en forma de molestias e incluso enfermedades sin que nos demos cuenta.

Tengo que decir que creo profundamente en el efecto de nuestras acciones, nuestras palabras, y nuestros sentimientos sobre la salud general. Es cierto que no hay prueba científica, aunque sí tengo la certeza de que hay cada vez más médicos que estudian este tipo de relación.

¿Cómo aprender a decir que no? Es algo que aprendemos o debería aprenderse naturalmente desde la infancia. La primera gran crisis  en la que nos negamos a casi todo aparece entre los 2 y los 4 años. Una etapa dura para los padres, pero es una forma que tiene la naturaleza de irnos preparando al enfrentamiento con la vida. Hay que dejar que los niños vivan esa etapa, que no quiere decir dejarles hacer lo que quieran, pero es una etapa que tienen que vivir y nosotros con ellos, como adultos, con paciencia y con diálogo. También tenemos una crisis en la adolescencia, nos rebelamos y nos negamos a aceptar muchas cosas. Es otra gran etapa de aprendizaje y es natural rebelarse para formar su propia identidad. Son etapas importantes, y si están ahí es porque el cuerpo sabe que es necesario. Estos son momentos importantes de nuestra vida en los que aprendemos a decir que no. Por supuesto, no son los únicos y estamos en constante aprendizaje.

¿Y si sigo sin saber decir que no en la edad adulta? Esa es la razón de este artículo. Teniendo consciencia de la importancia que puede tener responder con una negativa en el momento adecuado, deseo animar a practicar ese ejercicio a quienes puedan necesitarlo. Nunca es tarde, se puede empezar por cosas muy pequeñas. Cada uno tiene suficiente criterio y responsabilidad para identificar esas situaciones. No es fácil, pero es preferible no ir contra uno mismo. Y de hecho, actuar así, ayuda a sentirse mejor y, en consecuencia, a que los demás también se sientan mejor contigo.

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